La frágil "honra" de un inepto.
Estoy consciente de que expresar mi opinión acerca de Rafael Vicente Correa Delgado podría desencadenar muchas cosas: desde que sus defensores me dejen comentarios amables en este blog, hasta dedicarme una sabatina si este post se esparce lo suficiente como para romper la frágil "honra" de uno de los políticos más ineptos que ha tenido la historia del Ecuador, incluso, podría quedarme sin trabajo, con tal de lograr callarme o que me retracte. Sin embargo, me daría mucho gusto que ejecute su persecusión, desencademando el beneficioso efecto Streisand. ¿Pero adivine qué, INÚTIL PRESIDENTE? ¡¡¡¡¡No pienso guardar silencio!!!!
Es posible menoscabar su ego con tanta facilidad con la que se hiere a un niño, que le hace sentir la imperiosa y ridícula necesidad de inyectarse dosis diarias de autoidolatría a su parchada imagen para poder soslayar el colapso nervioso que evidencia ante cada crítica o palabra que contradiga su "sagrado" mandato.
No ha habido registro alguno dentro de las bitácoras de las crónicas de la política ecuatoriana que revelen los niveles de patetismo traducidos en miedo y falsa vanidad como los del actual presidente. Es tal su afán de exigir sumisión total de cualquier ciudadano, como todo tirano de cualquier época, que le es urgente acaparar todo el aparataje mediático posible para reclamar respeto y veneración, incluyendo jueces lacayos, comprados, sin un ápice de consiencia, dispuestos a satisfacer los más mínimos caprichos de un pobre perturbado que sufre de incontinencia. No existe semana alguna en la que no seamos testigos de alguna pataleta, que al fin y al cabo, termina desviando la atención de cosas que realmente nos tienen al borde de ser una Cuba más.
Todos debimos darnos cuenta desde el principio, cuando en la constitución se incluyó la figura de la "majestad" presidencial, como amo y señor de la nación por sobre todas las cosas y toda institución sobre el territorio. Desde que Correa asumió el poder, no ha dejado de hablar de sí mismo en tercera persona; parece un hecho insignificante, pero cualquier psiquiatra podría notar el claro rasgo esquizoide que aquello significa: un individuo que se expresa de sí mismo y sus acciones como si de otra persona se tratara, revela la urgencia de alimentar su ego a través de la aceptación del reflejo de lo que cree que es, exigiendo que los demás lo reconozcamos sin cuestionamiento alguno como un ser omnipotente e infalible. Ello lo ha empujado a activar todos los mecanismos posibles a través del estado, para atiborrarnos de sus berrinches y así sentir el alivio que su trastornado consciente no le otorga.
Lo grave de cada episodio de narcisismo que a los ecuatorianos nos toca soportar, es que los medios de comunicación ceden ante cada repulsivo ataque pueril que no puede controlar, mientras su ineptitud nos está jodiendo a todos. Colombia y Perú están agradecidímos con él, por ayudarles a mantener su economía activa, a pesar de la devaluación de sus monedas. Seguirá siendo más barato cruzar la fronteras norte o sur, entretanto continuemos ahogados de impuestos y restricciones que nos impidan adquirir en un libre mercado lo que necesitamos y lo que no -pues es MI PLATA, YO LA SUDO Y YO DECIDO QUÉ CARAJOS HAGO CON ELLA-.
Su incapacidad para gobernar está más que demostrada, lo grita nuestro paupérrimo poder adquisitivo, nuestro PNB, el obeso gasto fiscal, la inconmensurable deuda externa, las ruines tácticas tributarias ejecutadas con fines recaudatorios so pretexto del terremoto y, que no fueron aplicadas para el supuesto fin (ayudar a los damnificados) y un sinnúmero de eventos que comprueban hasta el hastío que Rafael Correa encontró su título de economista en una cajta de cereales. Pero la mayoría de ecuatorianos tiene un problema más serio, mucho más que los desórdenes mentales de Don Rafa: no despegarse del paternalismo, esperar que papá estado les diga qué hacer, qué estudiar, qué decir, qué comprar; en resumen, que les resuelvan la vida antes que tener la libertad de poder decidir pues implica pensar y razonar, cosa a lo que no están acostumbrados. Prefieren permanecer en sus zonas de confort, hasta el día en que llegue el momento en que nos anuncien que tendremos que hacer filas por un puñado de comida, mientras detrás de cada bodega de alimentos, estarán los asquerosos parásitos burócratas llenando sus estómagos y bolsillos a costa de nuestra pobreza, producto de la idiotez de un montón de imbéciles que no se atrevieron a rebelarse ante el dictador.
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